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Lo que falló no fue Bitcoin como sistema, sino parte de su estructura de confianza.
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El sistema de creencias que compone a Bitcoin se tambaleó para muchos.
Durante años pensé que había entendido los riesgos de Bitcoin. No todos, obviamente. Nadie entiende absolutamente todas las capas técnicas, económicas y sociales que hacen posible este sistema. Pero creía haber entendido al menos las importantes.
Sabía que no debía dejar mi bitcoin (BTC) en un exchange, que confiar mis ahorros a una empresa implicaba asumir riesgos que no estaba dispuesto a aceptar, que la frase not your keys, not your coins era más que un eslogan. Era una advertencia.
También sabía que la autocustodia no era sencilla (ni infalible). Pero la daba relativamente por sentada.
El caso Coldcard me hizo descubrir que, quizás, una parte de mi tranquilidad venía de una simplificación. Había asumido que había llegado a un lugar donde podía respirar tranquilo. Al lugar de las certezas.
Pero ese lugar en realidad no existe.
Antes de continuar, debo aclarar que no perdí bitcoin con el evento Coldcard. Pero eso no quiere decir que lo ocurrido no pueda tener un impacto profundo en quienes lo vemos desde una moderada distancia.
¿De dónde nace el temor?
Me tomó un rato entender por qué esta historia me había incomodado tanto. No fue que de repente dejé de creer que la autocustodia tuviera sentido. Ese principio sigue siendo válido y no ha dejado de superar a la delegación de la custodia en terceros. Si algo enseñaron episodios como Mt. Gox, Celsius, BlockFi o FTX es que delegar el control de tus bitcoin también implica asumir riesgos enormes.
Pero… este evento deja su huella: por primera vez me ha hecho cuestionarme el absolutismo de que Bitcoin no puede llegar a fallar. Aquí es donde muchos comenzarán a juzgarme y decir que soy un falso bitcoiner y quién sabe qué más. Pero la verdad, allá quienes no se cuestionen las cosas. La realidad no está construida por dogmas, my friends.
No me refiero a que Bitcoin haya dejado de funcionar como protocolo. Tampoco a que la red haya perdido las propiedades que la hacen única. Hablo de algo mucho más personal: de la sensación de que, después de años aprendiendo, todavía pueden existir superficies de riesgo que ni siquiera sabía que debía mirar.
Creo que muchos bitcoiners pasamos por un proceso parecido. Al principio desconfiamos de todo. Después aprendemos a desconfiar de los bancos, luego de los exchanges, las altcoins, los custodios. Y, finalmente, terminamos depositando una enorme confianza en las herramientas que elegimos para ejercer la autocustodia. Llegamos a creer que la cosa termina ahí.
No lo veo como contradicción. Es un proceso casi inevitable.
La mayoría no tiene la capacidad de auditar el código de una hardware wallet, revisar la implementación criptográfica de un firmware o comprobar por sí mismo cómo se genera la entropía que terminará convirtiéndose en una llave privada. Como reportamos en CriptoNoticias, y lo reconocen diversos especialistas, la autocustodia no es para todos.
Pero incluso si apelamos por ese mecanismo, como quedó claro con este evento, en algún punto, incluso dentro de un sistema construido para minimizar la confianza, seguimos confiando. Esta vez nos falló Coldcard. ¿Qué nos fallará luego?
¿Pérdida de confianza sin haber perdido bitcoin?
Como comenté de pasada anteriormente, yo no perdí BTC. No escribo desde la desesperación de otros que sí vieron los ahorros de su vida esfumarse de la noche a la mañana. Quizá por eso mismo me sorprendió mi propia reacción.
Pero todo tiene un sentido. Hace un par de días publiqué un reportaje en el que, de la mano de dos psicólogos, exploraba sobre las consecuencias emocionales que un episodio como este podía tener para quienes sí resultaron afectados. Mi preocupación entonces estaba puesta en el riesgo de convertir una pérdida patrimonial en una pérdida de identidad, en cómo Bitcoin puede llegar a ocupar un lugar tan importante en la vida de una persona que un golpe financiero termina sintiéndose como un golpe existencial.
Pero entre las diversas frases que me compartieron los especialistas, hubo algunas que le dieron sentido a mi propia lectura del asunto. Dice Paulo Márquez, psicólogo y jefe de Redacción de CriptoNoticias:
«Básicamente es en este caso un episodio de incertidumbre colectiva, donde las bases de tu concepto del mundo y de sus principios tal como tú creías que existían, se derrumbaron de un momento a otro»
Es así: las bases del mundo de Bitcoin se han tambaleado. El que lo niegue, en mi opinión, está pecando cuanto menos de inocencia. Puede que incluso esté en esa fase del duelo que los especialistas de la salud mental llaman negación.
Incluso para quienes no perdimos un solo satoshi, este episodio también dejó una herida. No económica, intelectual. Quizá incluso filosófica. A mí me obligó a revisar una certeza que llevaba años construyendo. Y no creo que esa sensación sea exclusivamente mía.
Para mí, este evento dejó una lección aún mayor que la seguridad y la protección del patrimonio. De esto debemos no solo aprender de Bitcoin, sino también de cómo gestionar nuestras propias expectativas y creencias. Sin salud mental, no importa cuántos bitcoin tengas.
Descargo de responsabilidad: Los puntos de vista y opiniones expresadas en este artículo pertenecen a su autor y no necesariamente reflejan aquellas de CriptoNoticias. La opinión del autor es a título informativo y en ninguna circunstancia constituye una recomendación de inversión ni asesoría financiera.









