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Allaire sostiene que la autonomía de un agente no implica anonimato, sino una identidad rastreable.
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El directivo admite que él y su industria integran el cuello de botella que describe.
Las empresas, tal como existen hoy, se van a descomponer en agentes de inteligencia artificial (IA), según planteó Jeremy Allaire, cofundador de Circle, este 12 de julio, en un tratado personal difundido a través de la red social X. El tratado escrito por el directivo de Circle es una reflexión sobre el futuro de la economía.
La inteligencia artificial, de acuerdo con Allaire, dio origen a agentes capaces de ejecutar tareas de forma autónoma, lo que empuja el costo de pensar y trabajar hacia cero. Las redes on chain públicas, verificables y con contratos inteligentes, en cambio, permiten que el dinero, los acuerdos y la coordinación se ejecuten directamente en software, lo que empuja el costo de transar hacia cero. La apuesta central del tratado es que esas dos caídas de costos no son transformaciones paralelas, sino la misma economía vista desde dos costados.
Una empresa cuyo trabajo lo hacen agentes, sostiene Allaire, necesita sostener valor, firmar acuerdos y coordinarse alrededor del mundo, y esas funciones exigen un sustrato donde eso pueda pasar en la práctica, que es la economía on chain, en lo que el CEO de Circle describe como la pieza clave de todo su argumento: «La empresa con agentes y la empresa on chain son la misma entidad».

Las empresas se descomponen en agentes
Despojada de marca y oficinas, afirma Allaire, una compañía es «en su mayor parte cognición organizada (ingenieros, vendedores, abogados, contadores)» más el trabajo que contrata afuera, y ese trabajo es el costo más grande de toda la economía. Las empresas existen, según el autor, porque durante mucho tiempo resultó más barato coordinar ese trabajo puertas adentro que salir a contratarlo cada vez que hacía falta. Esa razón se cae en el momento en que cualquier tarea no física se puede resolver «cuando un agente resuelve la tarea al instante», escribió Allaire. El resultado, sostiene, es la empresa de una sola persona haciendo lo que antes necesitaba un departamento entero.
El propio Allaire aclara que esta descomposición de la empresa no avanza pareja en todos los sectores. Aparece primero en el software y en funciones cargadas de información, como marketing, soporte, y buena parte de las finanzas y lo legal, donde avanza rápido.
El trabajo físico, en cambio, queda más lejos: los robots tardarían una década o más en resolver sus problemas más difíciles. Tampoco se trata, según el autor, de restar personas. La creatividad humana se potencia cuando se combina con agentes capaces, y hay tareas que siguen siendo tercamente humanas, como el vínculo con otras personas, el juicio sobre lo que hacen las máquinas y la responsabilidad que nadie le puede delegar a un software.
Una vez que la empresa se parte en agentes, aparece la pregunta de cómo se vuelve a armar. Hace falta, considera Allaire, una capa de orquestación: un agente que reparte un objetivo grande en tareas más chicas y se las asigna a otros agentes, con personas supervisando desde afuera, fijando los objetivos y revisando la calidad del trabajo. Pero en el momento en que una empresa ordena sus funciones lo bastante bien como para orquestarlas puertas adentro, esas mismas funciones, ya ordenadas y bien delimitadas, quedan igual de fáciles de contratar afuera.
De ese modo, aparece, casi como efecto secundario de que las empresas se optimicen a sí mismas, un mercado abierto de agentes especializados, según el texto escrito por el directivo de Circle. Ese mercado tropieza, sin embargo, con un problema de confianza: antes de contratar un software armado por desconocidos en cualquier parte del mundo, sostiene Allaire, hace falta saber que es real y que alguien responde si falla.
La solución que propone es una capa de identidad que combina verificación criptográfica con controles de identidad real, similares a los que ya aplica el sistema financiero. Todo agente remite, a través de su wallet y sus credenciales, a una entidad identificada. «La autonomía no es anonimato. Un agente autónomo es un agente responsable», resume Allaire.
El dinero también tiene que cambiar
Una economía manejada por agentes necesita, según Allaire, un tipo de dinero distinto, respaldado en su totalidad y liquidado con finalidad instantánea sobre una red abierta. «Una economía de agentes de software necesita dinero y contratos de software para funcionar», sostiene el tratado, en referencia al dinero, los contratos inteligentes y la coordinación que ese esquema requiere. El autor anticipa la objeción obvia, que un dinero totalmente respaldado ahogaría el crédito, y responde que el crédito no desaparece sino que se reconstruye arriba de esa base, porque la velocidad reemplaza al apalancamiento.
Sobre ese dinero seguro, el crédito llega más lejos de lo habitual. Según el tratado, pequeños comerciantes, trabajadores informales y ahora también agentes de software quedaban afuera del crédito no porque fueran mal riesgo, sino porque evaluar cada préstamo chico costaba más que el préstamo mismo. Allaire propone un instrumento nuevo, el capital de trabajo para agentes, con un ejemplo simple: un agente que pide prestados cuatro dólares en poder de cómputo para terminar un trabajo por el que ya cobró diez.
El trabajo y la propiedad son la misma pregunta
El riesgo real, opina Allaire, no es que desaparezca el trabajo humano: el trabajo desplazado se viene reabsorbiendo hace dos siglos y va a seguir pasando. El riesgo es que la porción de lo producido que le toca al trabajo humano caiga, y que el salario de una persona se empareje con el costo del agente que tiene al lado.
Eso sería una catástrofe en la vida real, pero, aclara el autor, solo si la propiedad de esos agentes y del capital que los sostienen queda concentrada en pocas manos. Si esa propiedad se reparte, en cambio, la misma automatización sería simplemente abundancia compartida. El propio tratado resume que «la pregunta sobre el trabajo es la pregunta sobre la propiedad»: lo que le pasa al empleo depende, en el fondo, de quién es dueño de lo que lo reemplaza.
Finalmente, el propio tratado incluye, en tercera persona, una admisión sobre el propio Allaire. «El autor admite que él y su industria integran ese cuello de botella», señala el texto, en referencia al emisor dominante que capta el rendimiento del dinero que intermedia, y agrega: «Señalar un conflicto no es lo mismo que resolverlo».
El tratado no resuelve esa tensión. Allaire plantea que la misma arquitectura que concentra la propiedad por defecto puede repartirla si así se diseña, con reglas de gobernanza apuntadas a esos cuellos de botella y estándares abiertos que permitan escapar de la captura. Si la economía agéntica termina siendo la más igualitaria o la más concentrada de la historia, según sus propias palabras, no es una profecía sino «un problema de diseño por resolver y una pelea política por ganar».








