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El 8 de agosto, el 97,47% del hashrate rechazó filtrar datos no financieros en Bitcoin.
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El debate sobre neutralizar datos en Bitcoin se agudizó a inicios de 2025 y derivó en BIP-110.
Con la bifurcación producida en Bitcoin tras la activación de BIP-110, la comunidad bitcoiner dio respuesta a un debate que esa propuesta llevó al extremo: ¿debe la red imponer límites sobre el uso de su espacio de bloque para preservar un propósito estrictamente monetario?
La respuesta fue prácticamente unánime y un 97,47% del poder de cómputo de los mineros rechazó la cadena minoritaria de BIP-110, que buscaba restringir transacciones con datos arbitrarios en Bitcoin considerados spam por sus defensores.
El resultado no significa que exista acuerdo sobre todos los usos de Bitcoin. Sí muestra, en cambio, que la mayoría del ecosistema no respaldó modificar las reglas de consenso para impedir esos usos.
Bitcoin terminó conservando una característica que ya formaba parte de su funcionamiento: el protocolo no determina qué contenido tiene valor para el usuario, sino que cobra por el espacio que ocupa una transacción y deja que el mercado decida qué uso hacer de él.
Lo que BIP-110 sí permitió comprobar
La discusión enfrenta dos concepciones sobre Bitcoin. Para una parte de la comunidad, el espacio de bloque debe reservarse esencialmente para transacciones monetarias. Desde esta perspectiva, utilizar capacidad de la red para imágenes, archivos u otros datos desvía recursos de su función original, pudiendo aumentar los costos de operar un nodo y hasta incluso la potencial inserción de contenido o material ilegal en los bloques.
Para otra parte, Bitcoin es una infraestructura neutral y sin permisos. Si una operación cumple las reglas de consenso y su emisor está dispuesto a pagar por el espacio que utiliza, el protocolo no debería determinar si ese uso es económicamente útil o irrelevante.
El fracaso de BIP-110 (que solo consiguió procesar 5 bloques desde el 8 de agosto dejando a esta cadena prácticamente inerte), evidencia que la red en su mayoría no aceptó los cambios de la propuesta y que, por lo tanto, la comunidad bitcoiner fijó la identidad de Bitcoin como algo neutro, apolítico y libre en su uso.
Es decir, la tecnología Bitcoin no necesita considerar legítimo un determinado uso para procesarlo. Tampoco necesita aprobar las inscripciones, los tokens o el almacenamiento de datos. La neutralidad consiste precisamente en que el protocolo no tenga que decidir cuál de esos usos merece existir mientras la transacción cumpla sus reglas y pague los costos correspondientes.
Por eso, el rechazo a la cadena BIP-110 aporta una evidencia concreta sobre la identidad de Bitcoin. Esa identidad no está definida por una declaración sobre cuál debería ser el uso correcto de la red, sino por las reglas que sus participantes están dispuestos a reconocer y hacer cumplir.
En este caso, la cadena principal mantuvo un modelo en el que distintos usos del espacio de bloque pueden competir por ese recurso y quien quiera utilizarlo debe pagar el precio que determine el mercado. BIP-110 intentó cambiar esa lógica. La red decidió no hacerlo.
La discusión sobre la identidad de Bitcoin precede a BIP-110
En abril de 2025, una disputa sobre el límite de 83 bytes de OP_RETURN ya había expuesto la falta de convergencia sobre el uso del espacio de bloque.
El desarrollador Peter Todd propuso eliminar esa restricción, mientras que Jason Hughes, vicepresidente del pool de minería OCEAN, calificó el cambio como una amenaza a Bitcoin y llegó a resumir su posición con la frase «Bitcoin ya no es Bitcoin», debido a que la iniciativa de Todd alejaba a la red del uso plenamente monetario de BTC.
BIP-110 llevó esa disputa en la dirección contraria y propuso restringir mediante reglas de consenso las formas en que podían utilizarse determinados espacios de las transacciones.
Pero la discusión también encontró un límite técnico. El desarrollador Martin Habovštiak demostró, como reportó CriptoNoticias, que las restricciones propuestas por BIP-110 podían eludirse sin utilizar OP_RETURN y llegó a introducir una imagen de 66 kilobytes en una transacción mediante SegWit, la actualización que separó los datos de testigo del resto de la transacción.
Eso expone una dificultad adicional para la tesis de BIP-110: definir qué debe considerarse «dato no financiero» y convertir esa definición en una restricción efectiva del protocolo resulta mucho más complejo que simplemente limitar OP_RETURN o de una votación política sobre cómo usar la red.
El otro veredicto que dejó BIP-110: el mandato de los mineros
El desenlace de la bifurcación BIP-110 también dejó una lectura sobre gobernanza. Fue el poder de hash, no la exigencia de los nodos, el que terminó de inclinar la balanza.
Esa lectura tiene una tesis de fondo, el mandato real de Bitcoin no reside en el software que corren los nodos, sino en el incentivo económico de quien invierte en hardware y electricidad para minar. Cuando una regla amenaza esa rentabilidad sin el respaldo suficiente, los mineros simplemente no la validan, más allá de cualquier argumento ideológico a favor.
En BIP-110, ese incentivo económico resultó triunfal por sobre la exigencia normativa de los nodos.
Un solo dato resume la velocidad de ese veredicto. OCEAN, el pool de minería que dirige Dashjr, volvió a conectarse por defecto a la cadena principal apenas un día después de la bifurcación, y compensó con 0,3 bitcoin a los mineros que quedaron desviados por error.
BIP-110 no cerró el debate moral sobre qué debería ser Bitcoin. Esa discusión seguirá abierta mientras existan usuarios dispuestos a defender posturas distintas sobre su propósito. Pero sí sentenció lo que la mayoría considera que es su identidad. Esa neutralidad, y no la defensa activa de un carácter estrictamente monetario, es la identidad que Bitcoin volvió a validar el 8 de agosto de 2026.










