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Project Eleven creó una prueba criptográfica para demostrar la propiedad de BTC tras el “Q-day”.
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La firma calcula que hay más de 7 millones de BTC en riesgo, unos USD 450.000 millones.
Project Eleven, una compañía que concentró buena parte de su actividad pública en advertir sobre el riesgo que la computación cuántica representa para Bitcoin, presentó el pasado 15 de julio su primer desarrollo técnico pensado para potencialmente integrarse al protocolo. Se trata de una prueba criptográfica que permitiría a un usuario demostrar la propiedad de una dirección de Bitcoin sin revelar la clave privada que mueve sus fondos, incluso si una computadora cuántica lograra falsificar sus firmas.
La prueba poscuántica construida por Project Eleven, junto con el desarrollador Jim Posen, se basó en el esquema de conocimiento cero (ZK-proofs), específicamente del tipo SNARK, para demostrar que alguien es el verdadero dueño de una wallet Bitcoin.
El problema que intenta resolver esta iniciativa es qué ocurre con los usuarios de Bitcoin que no migren sus fondos a tiempo hacia direcciones poscuánticas, o que no quieran hacerlo porque eso expondría su clave pública. Llegado el «Q-Day» (el momento en que una computadora cuántica sea capaz de romper la criptografía que protege a Bitcoin), la clave privada deja de servir como prueba de propiedad, porque tanto el dueño legítimo como un atacante podrían firmar con ella, y la red no podría distinguirlos.
La solución que propone Project Eleven no depende de esa clave privada, sino de otra pieza de información dentro de la misma wallet: la forma en que se organizan y derivan las claves según el estándar BIP-32, que usan todas las wallets modernas para generar sus direcciones. Esa estructura es una que ni siquiera una computadora cuántica podría reconstruir.
Hasta ahora, el historial de esta compañía estuvo compuesto por informes, herramientas de análisis y desarrollos pensados para el nivel de la wallet del usuario o para otras redes, pero nunca por una pieza técnica destinada a poder integrarse al protocolo de Bitcoin. La prueba presentada esta semana cambia ese patrón: es, según el propio historial público de Project Eleven, su primer desarrollo que podría convertirse, en el futuro, en una propuesta formal de mejora para Bitcoin (BIP), si la comunidad decide adoptarlo.
¿Cómo funciona la prueba desarrollada por Project Eleven?
La iniciativa de Project Eleven se basa en BIP-32, el estándar de Bitcoin que define cómo las wallets modernas generan de forma jerárquica todas sus claves a partir de una única semilla. En este sistema, las claves se organizan como un árbol: desde una clave “padre” se derivan múltiples claves “hijas”.
Dentro de este árbol existe un paso especial llamado derivación endurecida (hardened). En este paso, la clave privada de un nivel se combina con una función hash (un tipo de “huella digital” matemática) para generar la clave del siguiente nivel. Este paso funciona como una calle de un solo sentido: se puede bajar fácilmente en el árbol (de padre a hijo), pero es prácticamente imposible subir (de hijo a padre).
Según el blog de Project Eleven, aquí radica la ventaja contra los ordenadores cuánticos. Una computadora cuántica podría usar el algoritmo de Shor para calcular una clave privada a partir de su clave pública. Sin embargo, enfatizan desde Project Eleven, no podría revertir un paso de derivación endurecida, porque eso requeriría invertir una función hash y ni siquiera el algoritmo de Grover (la principal herramienta cuántica contra funciones hash) tiene esa capacidad.
Sobre esa propiedad, Project Eleven y Jim Posen construyeron la prueba de conocimiento cero del tipo SNARK que demuestra dos cosas sin revelar información sensible:
- Que el usuario conoce una clave superior en el árbol.
- Que esa clave deriva correctamente (mediante BIP-32) la dirección Bitcoin en cuestión.
Esas dos demostraciones juntas son las que distinguirían al dueño legítimo de un atacante cuántico. La primera probaría que el usuario tiene un dato que el atacante no puede calcular ni robar (la clave superior); la segunda ata ese dato, matemáticamente, a la dirección puntual sobre la que se reclama propiedad, para que nadie pueda tomar una clave superior cualquiera y adjudicarse una dirección que no le corresponde.
Una idea que ya existía, hecha mucho más rápida
La idea de usar la derivación de claves de una wallet como prueba poscuántica de propiedad no nació con Project Eleven. La plantearon los investigadores Sattath y Wyborski, quienes la llamaron «elevación de firma» y consiste en que, en lugar de firmar con la clave privada de la dirección expuesta ante un atacante cuántico, alguien podría demostrar que conoce la clave superior de la que esa dirección se derivó.
Posteriomente, Olaoluwa Osuntokun, conocido en la comunidad de Bitcoin por su alias «roasbeef», cofundador y director de tecnología de Lightning Labs y desarrollador principal del software LND (el cliente más usado para nodos de la red Lightning), construyó la primera implementación funcional de esa la idea de «elevación de firmas» sobre risc0, una máquina virtual con pruebas de conocimiento cero.
En abril de 2026 presentó ese trabajo como lo que él mismo describió como el primer prototipo de defensa cuántica para Bitcoin. Su versión, que resuelve el mismo problema que la de Project Eleven, genera una prueba en 14,6 segundos y necesita una unidad de procesamiento gráfico (GPU) para funcionar.
Project Eleven, según indicó la propia empresa, junto con Jim Posen, construyeron una versión más rápida respecto de la implementación de Osuntokun. La prueba criptográfica de esta compañía se construyó con Binius64, una tecnología que usaron para generar y verificar ese tipo de prueba SNARK.
De acuerdo con los datos que Project Eleven publicó, el resultado de rendimiento de su prueba SNARK es el siguiente:
- Generación de la prueba: 243 milisegundos en 4 núcleos de CPU, frente a los 14,6 segundos de la versión de Osuntokun.
- Verificación: 40 milisegundos, el tiempo que le tomaría a un nodo de la red confirmar que la prueba es válida antes de aceptar el movimiento de fondos.
- No requiere tarjeta gráfica, a diferencia de la versión de Osuntokun.
- Consumo de memoria: 2,1 GB durante la generación, un nivel que corre en una computadora personal corriente, sin equipamiento especializado.
En conjunto, estos datos de rendimiento harían que la prueba criptográfica de Project Eleven sea hasta 16 veces más rápida que la de Osuntokun, y que pueda generarse sin depender de hardware especializado. Eso importa porque define cómo se usaría en la práctica: el usuario no le entrega esta prueba a Project Eleven ni a ninguna otra empresa, sino que la incluiría directamente en la transacción con la que reclame o migre sus fondos, y serían los nodos de la red los que la verifiquen antes de aceptar el cambio.
El desarrollo actual solo cubre tres tipos de dirección de Bitcoin (P2PKH, P2WPKH y P2SH-P2WPKH), no incluye direcciones Taproot y no permite recuperar fondos en la red. Cualquier mecanismo de recuperación basado en esta prueba necesitaría, además, que Bitcoin u otra red compatible con derivación jerárquica de claves incorpore la lógica de verificación correspondiente, dentro de su protocolo o mediante un contrato inteligente externo.
La prueba criptográfica de Project Eleven, de todos modos, es un prototipo sin auditoría externa. Para que llegue a usarse dentro del protocolo, debería atravesar un proceso de discusión pública, revisión por parte de desarrolladores y, eventualmente, incorporarse a los softwares que ejecutan los nodos de la red, como Bitcoin Core, Knots, entre otros. Project Eleven no presentó, por ahora, una propuesta del tipo BIP.
Los BTC en riesgo y las advertencias cuánticas de Project Eleven
Según datos que Project Eleven mantiene en su propio sitio web, la empresa calcula que 7.039.051 BTC, equivalentes a USD 455.000 millones, están en riesgo ante un eventual ataque cuántico. Esa cifra, que coincide con lo expuesto por el desarrollador bitcoiner Wicked, funciona como el argumento central detrás de buena parte de su actividad pública reciente.

En ese escenario, tras la firma de dos órdenes ejecutivas de Donald Trump para impulsar la computación cuántica en Estados Unidos, Alex Pruden, director ejecutivo de Project Eleven, afirmó que la migración hacia criptografía poscuántica «ya no es el problema de mañana, es el de hoy», como lo reportó CriptoNoticias.
Adicionalmente, la empresa también difundió en un reporte tres escenarios posibles sobre la llegada del Q-Day: 2030, 2033 y 2042. En mayo pasado, además, Project Eleven publicó otro informe en el que identificó a las stablecoins como el activo de mayor riesgo sistémico, ya que quien acceda a la clave de administrador de un contrato inteligente podría acuñar tokens sin respaldo o reescribir balances.
Ese historial convivió con anuncios de implementación en otras redes. En diciembre de 2025, Project Eleven desplegó, junto a la Fundación Solana, un sistema de firmas poscuánticas de prueba sobre una red de prueba de Solana.
Según indicó también la compañía, lidera además la segunda fase del plan de preparación cuántica de la red XRP Ledger (XRPL), con pruebas a nivel de validadores y un prototipo de wallet de custodia poscuántica.
Vale la pena señalar que Project Eleven es una empresa cuyo modelo de negocio consiste, precisamente, en vender servicios de auditoría, consultoría e implementación de criptografía poscuántica. Ese interés comercial no invalida por sí solo el rigor técnico de sus reportes, pero sí explica por qué la compañía, y en particular su director ejecutivo, urge de forma constante a la comunidad de Bitcoin a actuar frente a un riesgo cuya materialización, según sus propios escenarios, podría demorar hasta 2042.
Por ejemplo, Cory Klippsten, CEO de Swan Bitcoin, ya dijo que Alex Pruden exagera la amenaza de la computación cuántica para impulsar sus propios intereses comerciales.
Las preguntas que este desarrollo de Project Eleven no responde
Ninguno de los informes de Project Eleven parece ponderar, con el mismo detalle que dedica a calcular el riesgo, si a un atacante realmente le convendría ejecutar semejante ataque contra Bitcoin.
Construir una computadora cuántica lo bastante potente y eficiente para romper esa criptografía exigiría una inversión de tiempo y de dinero fuera del alcance de casi cualquier actor que no sea un Estado e incluso para la mayoría de ellos podría ser algo inalcanzable. Y aun si ese esfuerzo tuviera éxito, es probable que gran parte de los tenedores de Bitcoin, al detectar o sospechar el ataque, vendieran sus posiciones de inmediato. Como resultado, el pánico resultante podría derrumbar el valor de mercado de las monedas robadas antes de que el atacante pueda beneficiarse de ellas, dejándolo con monedas en su poder con un valor notoriamente menor al anterior a que se efectuara el ataque.
Hay, además, un supuesto de fondo que este análisis tampoco despeja: todo este mecanismo solo tendría un lugar donde aplicarse si Bitcoin efectivamente migrara, a nivel de protocolo, hacia un esquema de direcciones o firmas poscuántico, algo que la comunidad todavía no decidió ni construyó. Y, aun en ese escenario, el usuario necesitaría seguir teniendo acceso a la semilla original de su wallet para reclamar sus fondos con ella: la prueba no recupera nada por sí sola si esa semilla ya se perdió.
Finalmente, incluso en el escenario de una migración completa, hay un conjunto de monedas que quedaría fuera para siempre: las que minó Satoshi Nakamoto entre 2009 y 2010, cerca de 1,1 millones de BTC.

El árbol de derivación jerárquica que hace posible esta prueba lo introdujo BIP-32, asignado en febrero de 2012; antes de esa fecha, las wallets generaban cada clave de forma independiente y aleatoria, sin semilla ni ruta de derivación. Las direcciones de Satoshi son del formato antiguo Pago a Clave Pública (pay-to-public-key), donde la clave pública es la dirección misma: no existe, por encima de ellas, ninguna clave madre de la cual esta prueba pueda partir. No es una limitación temporal del prototipo que Project Eleven pueda resolver más adelante: es estructural, porque el estándar que sostiene la prueba no existía cuando esas monedas se crearon.
Project Eleven pasó, con este anuncio, de advertir sobre el riesgo cuántico a presentar por primera vez un desarrollo técnico con posibilidad de integrarse al protocolo de Bitcoin. Sigue siendo, de todos modos, un prototipo experimental, sin auditoría y sin ningún compromiso formal de adopción. Su futuro dependerá de que Bitcoin, u otra red compatible con la derivación jerárquica de claves, decida llevarlo adelante.










