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OpenAI dijo resolver un problema matemático histórico; un matemático sospecha que usó su trabajo.
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En Bitcoin, un caso así dejaría abierta una ventana de explotación antes del parche.
Un desarrollador que envía código inédito, o una investigación sin publicar, o el borrador de una vulnerabilidad a una inteligencia artificial comercial (un modelo operado por una empresa privada, como OpenAI o Anthropic, sobre cuyo procesamiento interno no existe control externo), pierde el manejo de esa información. La empresa que opera la herramienta pasa a custodiar un conocimiento que todavía no es público.
Ese problema no depende de una sola empresa. Un puñado de compañías, entre ellas OpenAI, Google, xAI y Anthropic, concentra la capacidad de cómputo y, a la vez, el conocimiento de buena parte de lo que millones de personas les entregan a diario a través de sus modelos: GPT, Gemini, Grok y Claude. Cada una decide, según sus propias políticas, qué hace con esa información.
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