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Argentina está en el camino del aceleracionismo tecnológico ciego.
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Una ficción jurídica crea condiciones para que beneficiarios ocultos negocien en Argentina.
En un artículo publicado en el Financial Times, el presidente de la República, Javier Milei, invita a la inteligencia artificial (IA) a “liberarse a sí misma” en las tierras libres de Argentina.
La nota es engañosa: inicia con una melodía de ciencia ficción en el título donde su escritor se presenta como libertador de las inteligencias sintéticas, como un anti blade-runner, para convertirse poco a poco en un panfleto de negocios turísticos escrito por un jefe de Estado, en que se exaltan las ventajas que el vaciado legal de Argentina va preparando para los magnates tecnológicos y sus experimentos.
Conscientemente o no, el tocado de ciencia ficción y futurismo en la nota de prensa causa el mismo efecto en los entusiastas de la tecnología que la religión pública de la clase dominante tenía sobre los romanos. A saber, un mantenimiento ordenado del cuerpo social y un embelesamiento metafísico mientras los adultos serios juegan al tres en raya de la economía, la política y las leyes.
Milei dice en el Financial Times:
Al igual que la revolución industrial nos liberó de las limitaciones de la fuerza muscular humana, la IA nos liberará de las limitaciones del cerebro humano, impulsando la productividad más allá de nuestros sueños más descabellados.
Javier Milei, presidente anarcocapitalista de Argentina.
Ese tecno optimismo es solo la superficie de su nota de prensa promocionando Argentina a los tycoons. Es el recordatorio esporádico en TV nacional de que el máximo mandatario es uno más: que también toma agua, va al baño y experimenta anhelos y sueños.
El resto del panfleto es el que asegura los negocios y reparte las promesas.
Primero, a través de la ley, mediante la creación de una contradicción in adiecto llamada “corporación no humana” dentro de las categorías societarias del derecho argentino. Milei define esta ficción jurídica como “entidades operadas por agentes de IA o robots”, puntualizando que “los accionistas humanos pueden participar [en estas corporaciones] pero no es obligatorio”.
Pero en el estado actual de las IA, no existe tal cosa como la posibilidad de una “corporación no humana”. ‘Corporación’ viene de corpus (cuerpo) y de corporare (tomar cuerpo). La inteligencia artificial no tiene cuerpo. ‘Corporación’ significa «organización compuesta por personas», con lo cual «corporación no humana» infringe el principio de no contradicción.
Por supuesto, el argumento en contra de la existencia de la “corporación no humana”, no se reduce a las tesis etimológicas y definiciones literales. Hay razones técnicas de peso para decidir no otorgarle entidad real a esa ficción jurídica.
Sin excepción, es un humano quien anima el alma en la máquina. Siempre. Y si hubiera un meta programa que iniciara otros programas en bucle infinito, siempre habrá un eslabón humano en el proceso al principio y al final de la cadena causal, así sea porque el humano es el amo del hardware y del tomacorriente.
Incluso en escenarios de mayor autonomía recursiva o en el de la mítica singularidad, el problema de la responsabilidad última en el campo de las IA no se disuelve; solo se vuelve más difícil de rastrear y de mayor impacto para la sociedad.
Si un humano es lo suficientemente flojo y pragmático como para no crear el código por sí mismo, igual debe introducir prompts, reglas, límites e instrucciones en Claude para que la IA lo haga por él. De lo contrario, el humano no estaría trabajando con una computadora, que es precisamente lo que está haciendo.
Segun Aristóteles, Dios es el primer motor inmóvil que echa a andar el conjunto de las cosas. Hoy, en el estado del arte de las inteligencias artificiales, el Humano es el motor inmóvil que impulsa las computadoras y las IA.
Porque la inteligencia artificial necesita input humano. Autónomamente, esta solo actúa dentro del sandbox diseñado por el programador. De haber IA descarriadas, la culpa es del humano que las formaliza sin impedir que practiquen la maldad, la cual se vuelve técnicamente posible pero solo dentro de las reglas del sandbox que el mismo creó.
No es sólo, pues, que las corporaciones no humanas no puedan existir fuera de las ficciones jurídicas o narrativas, porque un grado de participación humana siempre es obligatorio. Es que el libertador, prometiendo romper las cadenas del Prometeo artificial, cede feudos legales y parcelas físicas para que sus dueños abusen del uso de la IA en entornos desregulados. En otras palabras, legalizando el transporte de mano de obra no sintiente a la Argentina, lo que no constituye un delito, pero sí una evasión de responsabilidades corporativas frente a los efectos de su uso masivo en la sociedad.
El golpe de gracia lo da Milei cuando, tras crear una categoría corporativa para algo que no existe, decide también otorgarles a las sociedades mercantiles que encajen en este modelo un estatus de responsabilidad limitada. “La responsabilidad limitada no es un lujo para estas entidades; es una condición indispensable para su existencia”.
Cuando se extiende a una corporación compuesta enteramente por IA el concepto de sociedad limitada (separando los riesgos fácticos de la responsabilidad de alguien) lo que obtienes es la abolición de riesgos para una entidad ficticia que ya no los temía, porque no puede sentir coerción física o moral.
Y como según la ley el dueño o accionista humano es prescindible en este modelo de sociedad (o sea, puede no existir en algún caso, lo cual es falso), el resultado es una desregulación estatal del nivel de responsabilidad por daños que puede atribuirse a una IA mientras se oculta al beneficiario real, el verdadero dueño de la corporación (porque “puede” no existir).
Milei invoca la responsabilidad limitada de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales 1602 como precedente histórico. Pero esa ficción jurídica siempre tuvo humanos detrás que podían perder capital o reputación. Aquí se elimina incluso esa capa y desaparecen de la ley quienes incluso están, aunque no se les vea: los humanos.
Así, las IA y sus beneficiarios ocultos pasan a tener privilegios que, aunque beneficiosos para la inversión y el crecimiento económico, son ya difíciles de justificar para entidades jurídicas tradicionales.
Yuval Noah Harari, el famoso crítico de narrativas, hace una revisión crítica relativamente buena de esta figura legal que inaugura Milei. Digo relativamente porque también escribe ciencia ficción cuando en muchos juicios que hace otorga omnipotencia y autonomía general, por fuera de sistemas discretos computarizados, a la IA, lo que le relega al rincón de la tecno superstición apocalíptica. En el mismo espectro, pero opuesto, está Milei, el tecno optimista libertario.
El autor israelí recuenta:
Al igual que las corporaciones tradicionales, estas corporaciones no humanas gozarán de personalidad jurídica. Presumiblemente, podrán poseer activos, contratar empleados, participar en el comercio internacional, demandarte ante los tribunales e incluso donar a campañas políticas. A diferencia de las corporaciones tradicionales, podrán hacer todo esto sin la intervención ni la responsabilidad de ningún ser humano. Todas las decisiones sobre compra, venta, contratación, inversión, litigios y donaciones podrán ser tomadas por agentes de IA.
Yuval Noah Harari, autor de Homo Deus: breve historia del mañana
Los que podrán hacer todas esas cosas que enumera Noah, pero mediante mano de obra automatizada, son los beneficiarios ocultos de las “corporaciones no humanas” que no pueden no existir: los empresarios humanos y los tycoons tecnológicos.
Lo más impresionante de la nueva era tecnológica que “debe permitir que la IA se desarrolle sin una regulación prematura” en Argentina es que está sucediendo sin previo entendimiento de Bitcoin y las tecnologías cypherpunks, que albergan un bello núcleo de valores humanistas.
El auge de las IA y del amor por los beneficios económicos automatizados tomaron en Argentina un quantum leap para llegar primero en la historia que la adopción de tecnologías antiestatales al servicio de lo humano que por filosofía Milei debería defender.
Argentina está en camino de cerrar un negocio de asimetría perfecta: la IA “toma riesgos” inexistentes para ella, pero reales para la sociedad; y el controlador humano cosecha ganancias mientras el nuevo modelo societario le da un espaldarazo extra: no solo limita pérdidas, sino responsabilidades.
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