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La velocidad promete revolución, pero la liquidez solo se sostiene compensando deudas.
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El sistema sobrevive porque sabe esperar y cuadrar cuentas.
Frente a la cúpula de la banca central global en el Simposio de Jackson Hole, la profesora de Harvard Business School, Wenxin Du, subió al escenario el 29 de agosto de 2026, para asestar un golpe demoledor a las promesas de la innovación en pagos.
Su diagnóstico fue rotundo al señalar que la liquidación instantánea 24/7, alcanzada con stablecoins, no es el destino para las entidades financieras, sino un mito.
Du expuso una verdad elemental que los gigantes del sector financieros parecen haber olvidado. El sistema monetario del planeta no sostiene su arquitectura procesando cada transacción individual en tiempo real; se erige sobre el arte del netting, el cruce de deudas que anula saldos y solo mueve la diferencia.
En el siguiente gráfico se observa a la izquierda, seis países conectados por quince pares bilaterales de divisas: cada flecha representa un pago que debe financiarse por separado. A la derecha, el neteo multilateral reduce esa estructura a solo seis posiciones netas, una por moneda. Esa compresión es lo que permite a CLS liquidar 7,9 billones de dólares diarios con solo 300.000 millones en financiación real.

La escala de este mecanismo es masiva:
- El sistema de liquidación vinculada continua (CLS), que liquida las divisas del mundo, mueve 7,9 billones de dólares diarios en transacciones con solo 300.000 millones en financiación real. Lo que supone un ahorro del 96%.
- CHIPS (la plataforma de grandes pagos bancarios): comprime 2 billones de dólares diarios a solo 96.000 millones, un flujo neto de apenas 96.000 millones, alcanzando una eficiencia de 26 a 1.
- NSCC (la cámara de compensación de acciones de EE. UU.): reduce 3 billones de dólares en operaciones diarias a un rango de 30.000 y 60.000 millones de dinero real transferido. Un ahorro entre el 98% y el 99%.
Como resumió Frank La Salla, presidente y CEO de la DTCC (la entidad central de depósito y compensación de EE. UU.), en un documento citado por Du: «No hay suficiente dinero en la galaxia para que los bancos liquiden operación por operación».
La académica señaló directamente a la carrera que los grandes bancos globales como Santander, BBVA, Bank of America y Wells Fargo emprendieron para desarrollar sus propias stablecoins en redes públicas.
La narrativa bancaria parece irreprochable porque se apoya en que, en un mundo donde los usuarios reclaman inmediatez en los pagos, las entidades tradicionales no pueden quedarse atrás.
La demanda resulta clara en España, país que abandera el interés europeo con un 28% de inversores en criptoactivos y un 40% dispuesto a migrar de banco si le ofrecen mejores servicios digitales. Bajo esta presión, las stablecoins se presentan como la panacea de un mercado con liquidez constante las 24 horas del día.
¿Por qué la velocidad puede romper el sistema bancario?
Du explica las limitaciones de este modelo mediiante la metáfora del sándwich. El pan inicial es la tarifa bancaria o de pasarela para transformar dinero fíat en stablecoins, mientras que el pan final es la comisión para retornar a la divisa original. El relleno, la cadena de bloques por donde viaja la transacción, resulta sumamente económico, pero el coste real se concentra en las dos rebanadas que abren y cierran el proceso.

Los datos presentados por la economista desmontan la ilusión del ahorro en el uso cotidiano: en una operación minorista para mover 100 dólares en USD Coin (USDC), las comisiones de entrada y salida fijadas por los intermediarios suponen un coste medio de 2,19 dólares (219 puntos básicos). Al sumar los márgenes de cambio de divisa y las tarifas bancarias tradicionales, el coste total de la transacción puede superar los cinco dólares.
Es una tarifa sensiblemente más cara que la de las plataformas de pagos digitales consolidadas, que para importes similares cobran menos de la mitad.
A esto se suma un mercado de divisas para stablecoins diminuto frente al sistema bancario. El par euro contra USDC y USDT (Tether) mueve apenas 489 millones de dólares al día, mientras el mercado tradicional de divisas sobre el euro gestiona 2,7 billones diarios. El volumen de las stablecoins representa solo un anecdótico 0,018% de ese gran pastel.
Según el análisis de Du, la adopción de stablecoins en economías restringidas no responde a la innovación tecnológica. Los usuarios pagan un sobreprecio en las comisiones de entrada y salida para esquivar el cepo cambiario y acceder a dólares, por lo que este mercado funciona únicamente como un refugio regulatorio frente a las prohibiciones del gobierno.
¿Y por qué los bancos desesperan por subirse al carro de las stablecoins?
El verdadero obstáculo del sistema radica en su propia antigüedad. Como ya lo informó CriptoNoticias, el motor bancario global sigue operando sobre COBOL, un lenguaje de programación creado en 1959, el mismo año en que debutó la primera Barbie.
Entre el 60% y el 80% del presupuesto informático de los bancos se disipa en mantener sistemas obsoletos para sobrevivir. No es fácil renovarse, pues como advierte Martín Della Chiesa, CEO de Skaleet, reemplazar un núcleo bancario es como cambiar el motor de un avión en pleno vuelo, un proceso que fracasa en el 70% de los casos.
La infraestructura financiera se tambalea, pero pretender arreglarla con stablecoins e innovación instantánea es como intentar reparar un avión con un cohete espacial.
Frente al entusiasmo por la tecnología blockchain, la propuesta de Du coincide con el reclamo histórico de las fintech. Su salida no pasa por desplegar nuevas redes de criptomonedas, sino por perfeccionar los mecanismos de neteo.
Es decir, abrir el acceso bancario a las empresas tecnológicas que cumplan los requisitos regulatorios y conectar los sistemas de pago instantáneo a escala internacional.
En el fondo, la tesis de Du deja una advertencia para el sector. El día que la banca comprenda que su mayor fortaleza no estriba en la velocidad de un token nuevo, sino en la capacidad de su viejo sistema para preservar liquidez, dejará de malgastar recursos persiguiendo cohetes para concentrarse en reparar el avión.
Mientras tanto, la industria insiste en el espectáculo. Las entidades gastan millones en stablecoins para ganar inmediatez, pero el ecosistema sobrevive precisamente porque sabe esperar. Siguiendo el diagnóstico de la economista, el dilema no radica en si los bancos cavan su propia tumba con esta fijación, sino en si, al tocar fondo, recordarán la escalera que siempre estuvo ahí, es decir, la pausa estratégica que resguarda su liquidez.








