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Mil bitcoins escondidos allí dentro – Parte I

  • En una época lejana, un recolector encuentra por casualidad un disco con 1.000 BTC.
  • Empieza la carrera, porque él no es el único que lo quiere.
Mil bitcoins escondidos allí dentro – Parte I

“1.000 BTC”.

La pequeña inscripción sobre el disco cubierto de tierra que había encontrado en las profundidades de las instalaciones abandonadas le hizo fruncir el ceño, en primer lugar. BTC… eso le sonaba de algún lado. No estaba seguro de dónde. De todos modos, se encogió de hombros y lo recogió. Tal vez fuera valioso, o al menos podría vender el disco como una curiosidad de la antigua civilización de metal…

Se detuvo en seco cuando escuchó el característico sonido del láser cargándose, listo para disparar, justo detrás de su cabeza.

— Nt, nt. Te has metido en territorio ajeno, chico.

Sólo tuvo que esperar unos segundos para que frente a él apareciera un sujeto muy alto, rubio y musculoso. Tenía una pierna y un ojo robótico, vestía ropa negra, rústica, y una tela roja rodeaba su frente. Sabía muy bien lo que eso implicaba, a quiénes pertenecía. La sonrisilla que le dirigió no hizo nada por tranquilizarlo, mientras aún alguien más le apuntaba por la espalda. De todos modos, trató de defenderse.

— Nadie viene aquí nunca, no había nada que ver…
— El disco. Dámelo —el sujeto extendió la mano hacia él.

Miró con lentitud entre la cara del sujeto y el disco en su mano. Si los Cazadores Rojos querían esa cosa, sin lugar a dudas, debía tener un valor extraordinario. Pensándolo bien, alcanzar esas viejas instalaciones al estilo búnker escondido entre las montañas no había sido sencillo. Todos los Recolectores que habían estado ahí antes decían que no valía la pena, pero él había tenido una corazonada.

Claro que pelear contra los Cazadores Rojos era un suicidio. Asintió.

— Vale. Vale, tómalo —adelantó la mano con el disco hacia él.

Ninguno de los cazadores se esperó que, de repente, desde alguna parte, les explotase en la cara una especie de humo violeta que pronto les impidió mirar más allá de su nariz. Pero lograron oír a la perfección unos pasos en rápida fuga.

— ¡ATRÁPENLO! —aulló el rubio.

Por desgracia para ellos, el pelirrojo resultó ser peor que una rata escurridiza. Recorrieron todas las instalaciones y sus alrededores en el menor tiempo posible, e incluso dispararon en un par de ocasiones, pensando que podría estar usando un traje de camuflaje. Todo fue en vano, porque el chico se les perdió con el disco de los mil bitcoins.

— Quiero saber quién es y quiero que lo encuentren. Si no lo hacen, a ustedes les tocará lo que debería tocarle a él —siseó el rubio al resto del grupo, en el umbral de las instalaciones.

En silencio, los cinco sujetos que lo acompañaban se apresuraron a tomar direcciones distintas.

**

— Oh, sí, conozco el nombre, Ritchie —el anciano tras el mostrador de la penumbrosa tienda de antigüedades se quitó las gafas y las limpió con la manga de su abrigo marrón—. En realidad, es un símbolo. BTC significa “Bitcoin”. Era una de las monedas de la civilización metálica.

Dinero, entonces. Ya comenzaba a comprender por qué los cazadores rojos querían ese disco.

— ¿Era muy valiosa? —inquirió.

Hargan sonrió.

— Era su moneda más valiosa —contestó, y a él empezó a formársele una gran sonrisa en la cara, hasta que el anciano le rompió la burbuja—. Ahora no vale nada.
— ¿¡Qué!? —saltó— ¡Vamos, hombre! ¡Me eché a seis cazadores rojos de enemigos para traer ese disco! ¡Tiene que valer algo!

El anciano frunció el ceño.

— ¿Los cazadores lo estaban buscando?

Ritchie se encogió de hombros.

— Eso parece. ¿Por qué crees que pensé que era valioso?

Hargan asintió, pensativo, tamborileando los dedos contra el mostrador.

— En realidad, no es que no sea valiosa la moneda, supongo… —cabeceó— Es que no sabemos qué era.

Fue el turno de Ritchie de fruncir el ceño.

— ¿Qué? Acabas de decir que era una moneda.
— Era “algo” utilizado como moneda —aclaró—. No se sabe qué, exactamente.
— ¿Cómo pueden no saberlo? —enarcó ambas cejas— ¿No hay rastros o descripciones en alguna parte? ¿Un metal, un papel, piedras…?
— Era un tipo de tecnología que ya no tenemos —explicó Hargan—. El conocimiento de ella se perdió durante la Guerra Roja. Los registros que quedaron hablan de algún objeto virtual, pero… —cabeceó—. Poco más. No podemos acceder a él.

En lugar de frustrarse, se quedó observando reflexivo hacia el disco en su mano derecha. Alzó la vista hacia Hargan, sonrió y él negó exhausto.

—… No lo creo.
— No lo sabremos hasta no revisar el disco, ¿eh? —se lo tendió.

El anciano dudó unos momentos antes de suspirar y tomar el disco. A su ritmo lento, dio media vuelta y empezó a dirigirse a la parte trasera del lugar.

— Cierra la puerta —indicó.

Ritchie obedeció, puso el letrero de “Cerrado” y bajó las cortinas. Luego se apresuró a seguir a su amigo a la trastienda. Como esperaba, ya no vio a nadie, así que pateó tres veces una tabla para abrir la trampilla hacia el sótano. Llegó hasta allí de un salto y se acercó al equipo donde Hargan, ahora sentado frente a él, había conectado el disco. La pantalla de la vieja PC XXI se mostraba azul, excepto por un pequeño rectángulo blanco vacío en el centro, en donde parpadeaba una línea negra.

— Necesita una contraseña —anunció Hargan.
— ¿Puedes evadirla?

El anciano cabeceó y comenzó a teclear. Para sorpresa de ambos, no pasaron ni dos segundos cuando la pantalla azul fue reemplazada por un títere macabro junto a un anuncio y un temporizador. En medio de las letras del anuncio, resaltaba una imagen más pequeña: era una moneda de oro grabado con una B negra atravesada por una línea vertical.

Ajá, veo que has encontrado mi disco con 1.000 BTC. ¡Bien hecho! Aunque debo decirte que, en realidad, los BTC no están aquí. Los puse dentro de una dirección que está dentro de una de las primeras monedas de colección, como esta que estás viendo. Dicha moneda está escondida en mi mansión en Marte, detrás del cuadro de la dama aterradora. Reconocerás la casa con facilidad, porque es la única construida con paredes de acero y oro. Esa búsqueda será sencilla.

Lo verdaderamente divertido son las doce palabras, amigo. La llave privada para controlar esos 1.000 BTC, esos cien millones de dólares. Voy a ser generoso y te diré la primera: Caja. ¡Ahora sólo te faltan 11! Dejé una palabra por propiedad en el sistema solar. En cada propiedad mía, en distintos planetas, hay una palabra, siempre detrás del cuadro de una dama aterradora. ¿Cómo sabrás que esa es la palabra? Hmm, créeme que lo sabrás. Dejé muchas sorpresas interesantes. ¡Y más pistas!

Ahora, te preguntarás por qué exactamente hago esto. Es decir, son cien millones de dólares y probablemente esté muerto para cuando este disco sea encontrado, así que, ¿cuál es el punto? Mira, la verdad es que no hay un punto. Soy (o fui) asquerosamente rico, y siempre adoré ver el mundo arder. Quería dejar un legado súper emocionante. Mi fantasma estará por ahí para reírse de todos los competidores… oh sí, estoy seguro de que los habrá. Y si no, la verdad es que este disco comenzará a emitir un holograma con este mismo anuncio directo hacia el firmamento apenas termines de leerlo. Además, sólo por si acaso crees que el disco no te servirá más y seguro es mejor destruirlo para que otros no vean el anuncio, lo cierto es que el holograma permanecerá durante tres días, independientemente del disco. Y quien sabe, tal vez tenga alguna otra pista…

Ah, una última cosa. ¿Ves el temporizador? Pues la fortuna no durará para siempre, amigo. A partir de ahora, de forma automática, un BTC (o sea, $100.000) será quemado (eliminado) de forma permanente de la dirección cada semana si no alcanzas a llegar a la siguiente pista a tiempo. ¡Hora de correr!

Sí, me gusta ver el mundo arder. ¡Buena suerte! ¡Que empiece el juego!

La computadora se apagó. El disco vibró unos segundos y de su mínima bombilla, tal cual lo prometido, emergió un flash de luz azul directo hacia el techo, lo atravesó y se desvaneció más allá. Ritchie y Hargan se observaron, alarmados.

— Tenemos que salir de aquí. Los cazadores no tardarán en llegar —Hargan se puso en pie.
— Cien millones de dólares, Har —Ritchie llevó una mano a su hombro—. De los dólares sí que me acuerdo. ¿Cuánto es eso en raks? ¿El doble, el triple? ¡Seremos asquerosamente ricos!

Hargan cabeceó, apesadumbrado.

— Ritchie, seremos cadáveres.
— Sólo si nos atrapan —admitió— ¡Pero esta es la oportunidad de nuestras vidas! Vamos, Har. Sabes que somos los mejores.
— Ya soy muy viejo para esto, Ritchie —Hargan se frotó el cansado rostro tras quitarse las gafas.
— ¿Bromeas? Sólo tienes 300. Y tú eres el cerebro, no necesitas músculos. Yo haré el resto.
— Hablando sobre ser el cerebro, ¿qué nos dice que este sujeto, sea quien haya sido, dice la verdad? ¿Qué tal si sólo trata de embaucar a los más ingenuos en una búsqueda fantasma?
— ¿Eso crees? Vamos, Hargan. Si alguien sabe quién tuvo una mansión construida en acero y oro en Marte ese eres tú. ¿Sabes quién es, no?

El anciano torció una mueca y lo rebasó para dirigirse hacia uno de los estantes, de donde comenzó a recoger varios objetos para meterlos en un morral que tomó de otro estante.

— Morgan Hughes —admitió—. Uno de los hombres más ricos de la galaxia durante su época. La construyó en el siglo XXV. Se hizo protectorado Estatal tras su muerte y muchos turistas la visitan. Está repleta de cuadros macabros. Él nunca estuvo muy bien de la cabeza…
— ¡Ahí está!
— No realmente. Pudo simplemente dejar una broma sin dinero, o puede ser alguien haciéndose pasar por él.
— ¡O puede haber una fortuna escondida en su mansión cutre, Hargan! —insistió— Los cazadores rojos están detrás de este disco. ¿Crees que sea por nada, sólo porque sí?

Hargan se colgó la mochila ya llena al hombro, miró hacia el suelo y suspiró.

—… Me voy a arrepentir de esto.

Ritchie sonrió de oreja a oreja, se agachó para tomar el disco y lo devolvió a su bolsillo.

— Ya verás que no.

En seguida, ambos se situaron en la caja de teletransporte y se desvanecieron. Sólo unos minutos después, la tienda estaba siendo invadida por cazadores rojos.

**

— Su nombre es Richard Mojave. Recolector —la palabra fue lanzada con evidente desprecio—. La tienda le pertenece a Hargan Daxos. Solía ser recolector también. Él y Mojave son socios reconocidos.
— ¿Cómo supo del disco de Hughes? —preguntó el cazador rubio sentado tras el escritorio, clavando su ojo brillante de naranja artificial sobre su subordinado.
— No está muy claro. Creemos que fue una casualidad…

El rubio torció el gesto.

— ¿Los encontraron?
— Se fugaron antes de que llegáramos —admitió.
— No importa. Los volveremos a ver —sonrió torcido—. ¿Todo está listo para partir a Marte?
— Aún estamos negociando con el puerto, pero no tardará.
— ¿Y qué haces aquí? Ve a terminar.

El hombre asintió y se fue de aquel cuarto penumbroso. Sin que ninguno de los dos lo supiera, una mujer de largo cabello negro y rasgos japoneses estaba parada en una esquina oscura, cerca de allí. Sobre su frente también reposaba la característica banda roja y también le debía obediencia a Saros, pero no era algo que quisiera en realidad.

Con el suficiente dinero, podría desaparecer para siempre. Sonrió para sí misma. Los cazadores estarían muy ocupados tras el recolector metiche y su amigo tendero, así que, ¿quién se fijaría en uno de los suyos, después de todo?


Descargo de responsabilidad: Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, acontecimientos o hechos que aparecen en la misma son producto de la imaginación del autor o bien se usan en el marco de la ficción. Cualquier parecido con personas (vivas o muertas) o hechos reales es pura coincidencia.

Imagen destacada por Christian Horz / stock.adobe.com

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Acerca del autor

Isabel Pérez

Profesional en Letras. Apasionada de la lectura, la escritura, la investigación y las criptomonedas.

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