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Yuk Hui publicó Máquina y soberanía en 2026, con Caja Negra Editora en Buenos Aires.
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Las CBDC pueden programar restricciones de gasto y funcionar como herramienta de vigilancia estatal.
El filósofo e ingeniero informático Yuk Hui sostiene que las grandes empresas tecnológicas no están en el negocio de la automatización sino en el del control. En su libro Máquina y soberanía (Caja Negra, 2026) y en una entrevista reciente con El País, Hui plantea que la pregunta sobre tecnología y trabajo «tiene menos que ver con el desempleo y más con unas empresas tecnológicas que quieren explotarnos y tenernos controlados cada segundo.»
Hui advierte que la mayoría de las compañías que lideran el desarrollo de inteligencia artificial son, en realidad, empresas financieras. Según el filósofo, su objetivo no es ofrecer servicios tecnológicos sino reorganizar la economía bajo su propia lógica de extracción y puntuación. El caso más documentado es la llamada gig economy, plataformas de reparto y transporte donde un algoritmo propietario asigna rutas, evalúa desempeño, aplica penalizaciones y puede desactivar una cuenta sin intervención humana ni recurso judicial.
La obra de Yuk Hui abarca desde la cibernética hasta la cosmotécnica, y en Máquina y soberanía argumenta que el poder en la era digital no reside en los estados sino en quienes controlan los algoritmos. En su posición articula, desde la filosofía política, lo mismo que los cypherpunks plantearon desde la criptografía: que la infraestructura tecnológica no es neutral.

Hui propone como respuesta la «tecnodiversidad»: resistir la uniformización tecnológica impulsando múltiples enfoques y arquitecturas. Sin embargo, según el filósofo, esa resistencia requiere marcos regulatorios e intervención institucional. Ahí es donde su diagnóstico y la propuesta bitcoiner divergen en el método, aunque parten del mismo problema.
El problema que Satoshi ya había formalizado
En octubre de 2008, Satoshi Nakamoto publicó un documento que proponía un sistema de pagos completamente descentralizado, opuesto al modelo económico bancarizado que había generado la crisis financiera internacional de 2007 y 2008. El libro blanco de Bitcoin, con apenas nueve páginas, propone un sistema de transacciones electrónicas que prescinde de intermediarios de confianza, como bancos o gobiernos. La arquitectura resultante —una red de nodos sin autoridad central, con emisión fija y verificación criptográfica— es estructuralmente incompatible con el modelo de vigilancia que Hui describe.
Lo que Hui llama «control algorítmico corporativo» depende de tres condiciones: un intermediario que procese las transacciones, una identidad vinculada a cada usuario y la capacidad de sancionar o excluir a quien no cumpla las reglas de la plataforma. Bitcoin elimina las tres por diseño. Los exchanges centralizados sí reproducen esa lógica —conocen el historial completo de transacciones y comportamiento de sus usuarios, y las autoridades pueden ordenar el bloqueo de cuentas sin proceso judicial previo en muchas jurisdicciones—, pero eso es una capa sobre Bitcoin, no Bitcoin en sí.
La distinción importa porque define dónde reside la salida real. Hui apunta al Estado o a marcos multilaterales como correctivos frente al poder corporativo. La crítica bitcoiner a esa posición es que delegar la solución a otra autoridad central reproduce la misma asimetría de poder que se busca corregir: quien controla el regulador, controla las reglas.
El escenario de las monedas digitales de bancos centrales (CBDC) ilustra ese riesgo. Las CBDC podrían restringir el uso del dinero según objetivos específicos, limitando transacciones o imponiendo límites al ahorro y al gasto —no solo como herramienta de política monetaria, sino como mecanismo de vigilancia y control social. Es, en términos técnicos, la versión estatal del modelo que Hui denuncia en las corporaciones: un algoritmo propietario que puntúa, restringe y excluye, pero administrado por gobiernos en lugar de plataformas privadas.
Resistencia sin permiso
La idea de transacciones sin el ojo vigilante de terceros, de mantener la información financiera lejos de manos de gobiernos y corporaciones, fue parte esencial del espíritu que impulsó a Bitcoin desde sus primeros años. Ese principio no es retórico: es una propiedad técnica de la red. Un nodo de Bitcoin no requiere identificación, no puede ser bloqueado por una entidad central y no aplica penalizaciones algorítmicas a sus participantes.
Hui concluye que el planeta atraviesa un momento comparable al clima ideológico previo a la Segunda Guerra Mundial, con militarización creciente y pulsiones autoritarias. Desde esa lectura, la pregunta no es si la descentralización monetaria es deseable, sino si una infraestructura financiera que requiere permiso para operar es compatible con la resistencia que el propio filósofo considera urgente.








